Hay un instante, antes… Antes de la imagen, del prompt, de la acción, antes del recuerdo y de la sensación. Ese instante es el sueño.
Vivimos en la máquina. Una máquina de imágenes no resueltas. Le damos palabras y nos regresa lo que no pedimos. Trabajamos en ella, como quien lleva libros ajenos, sabiendo que el nuestro está abierto en la mesa de otra habitación.
Filmar fue siempre eso. Estar despierto al lado de algo, en otra habitación. Tal vez dormía…
Cuando era joven creí que el cine era una manera de fijar el mundo. Después entendí que era una manera de habitar lo que el mundo no termina de ser. Cada película ha sido un cuarto al que se vuelve para esperar que alguien o algo aparezca.
El sueño llega solo, o no llega.
Hay quien dice que la máquina amplifica. Es verdad, y no es todo lo verdadero. Amplifica lo que ya estaba, alarga la sombra, repite la cadencia. Pero el primer paso, ese pequeño temblor que precede a cualquier imagen, esa intuición sin forma que se acerca en la madrugada y se va antes del café, ese paso sigue siendo nuestro. La máquina lo recibe. No lo tiene.
El cine y el sueño son sustancias hermanas. Las dos duran lo que duran y se van. Las dos dejan en el cuerpo algo que no se filma, algo que sólo se reconoce después…
Dreams Matter no es un nombre publicitario. Es una constatación, o acaso constelación. Los sueños importan porque son el único lugar donde la máquina no llega primero. Antes de encender el escritorio, hay un instante en el que la imagen aparece sola. Volver a ese instante es todo el trabajo.
Hay un instante antes del archivo. Vuelvo a él cada mañana. Por eso sigo.